Entrevista con la actriz que ha ejercido como jurado de la Sección Oficial del Festival de cine de San Sebastián junto a Pablo Cruz, Lisabi Friddell, Bárbara Lennie, Katriel Schory y, presidiendo, Neil Jordan.

Hace unos días conocíamos a los premiados de la 67 edición del Festival de San Sebastián. Una de la encargadas de elegir a los ganadores nos habló de la responsabilidad de serlo, de la interpretación como “un juego de niños” y de la intensidad que le ha supuesto enamorarse del cine en la madurez. Zinexin se reúne con Mercedes Morán.

¿Ser jurado de la Sección Oficial es una responsabilidad o un regalo?

Las dos cosas, si te regalan algo valioso e importante es tu responsabilidad hacer buen uso de ese regalo. Personalmente estoy al lado de gente que admiro muchísimo, algunos de los cuales tienen una trayectoria y experiencia alucinante. Y esta cosa del cine que nos hermana e iguala, hace que de pronto seamos como viejos amigos que vamos a ver películas, a comer y a charlar relajadamente. Eso es un privilegio y es un regalo que me hace muy feliz.

Cuando acudes como actriz a un festival promocionando un proyecto, casi no puedes ver películas por estar comprometida con una sola. Y vuelves del festival y tus amigos te preguntan qué has visto y no viste nada. En cambio, ahora, de esta sección he visto todo y con mucha atención. 

¿Cómo os organizáis en el comité?

Vamos a ver todas las películas juntos, salvo excepción porque alguno de nosotros sea requerido por otro compromiso, entonces se ve de forma individual en otro horario. Tenemos una rutina y planteamos charlas debate de las películas cada 2 o 3 días para que no se nos acumulen y poder dedicarles a todas el tiempo que necesitan. Y las charlas se extienden, aunque buscamos una lengua que nos unifique a todos. En este sentido, me ha tocado un jurado fantástico, riguroso pero relajado.

De lo visto en esta Sección, ¿tenéis la sensación de que existen inquietudes compartidas entre los cineastas?

Sí, creo que está empezando a aparecer una temática que está atravesando todo y que tiene que ver con las mujeres. Directoras que cuentan historias de mujeres, con temas que nos atraviesan a las mujeres. Y luego está lo que pasa con el cine en general, que es un medio maravilloso y formidable para poder entender. Así que esa cosa recurrente de ir al pasado político e histórico de cada país, persiste. El cine es un hecho cultural, con lo cual todo lo que está pasando en la sociedad se ve reflejado en él.

Te defines como “francotiradora”, ¿a lo largo de tu carrera como actriz has tenido algún problema por ser contundente y decir claramente lo que piensas?

Sí, claro que sí. Eso no es gratis. Igual me resulta más barato ese costo que callarme y no hacer uso de mi libertad. De adolescente mi país estaba en dictadura, así que cuando era una niña de 16, 17 años padecí la falta de libertad. Después de mucho tiempo, horror y oscuridad volvimos a la democracia y, a partir de ahí, me juré a mí misma que iba a hacer uso de esa libertad. Y, si bien hemos seguido en democracia, las cosas a veces son un poco relativas, así que, sí, he pagado algunos costos, pero nada grave. 

Estuviste presente en la pasada edición del Festival por partida cuádruple con ‘El amor menos pensado’, ‘El Ángel’, ‘Familia sumergida’ y ‘Sueño Florianópolis’. Este año, además de jurado de la Sección Oficial, encabezabas el reparto de ‘Araña’ (Andrés Wood) en la sección Horizontes Latinos. El acumulo de estrenos del pasado año da la medida del talento, ¿semejante ajetreo cómo se compagina? ¿Eres capaz de mimetizarte con cada personaje y al mismo tiempo disfrutarlo?

El año pasado se dio que se juntaron 4 o 5 películas y que todas viajaron, pero no hago más de 3 al año y me dedico absolutamente al cine. He dejado un poco de lado el teatro porque el cine me ofrece un compromiso que me resulta atractivo a esta edad. Un compromiso corto pero intenso, de 2 o 3 meses. Como yo no vuelvo a ver las películas que hago, la promoción que conlleva el estreno me obliga a reflexionar sobre ellas y siempre me resulta interesante, pero no es algo que me perturbe meterme en un personaje, yo tomo y he vivido siempre la actuación como un juego de niños y, hasta ahora, no he quedado atrapada en la piel de ningún personaje.

En tu caso, el tiempo y la edad no han sido un impedimento, ¿te sientes afortunada?

Sí, la verdad que sí. Me siento muy afortunada por seguir teniendo tanto trabajo a esta edad, una edad a la que las actrices mujeres empezamos a sufrir las consecuencias del sistema. Me siento afortunada de poder elegir, por hacer cine tan diverso, por haber podido acompañar tantas óperas primas, por tomarme el lujo de decir “tomo una película de la gran industria y luego una película pequeñita de bajo presupuesto”. Me he enamorado del cine ya madura y esos enamoramientos son intensos.   

¿En base a qué criterio te embarcas en un proyecto?

Básicamente son las directoras y directores los que piensan en mí y me convocan. Es más, soy capaz de decir sí, por tal director. Con Luis Ortega o con Ana Katz antes incluso de leer su guion es un “sí, vamos”. Para mí con ellos es como un viaje y después vemos a dónde, cómo, de qué manera. 

Cuando acompaño a óperas primas ahí sí me detengo más, porque lo que me habla de ellos, obviamente, es el guion. Lo hago así y lo hago deliberadamente porque me parece que eso me preserva de saltar de un proyecto grande a uno pequeño.

Después de todo el cine recopilado en esta 67 edición, ¿qué consejos le darías a los jóvenes que están empezando y se esfuerzan por competir en el festival de San Sebastián?

Yo a los jóvenes más que decirles les escucho. Creo que tienen más cosas para decirnos ellos a nosotros que nosotros a ellos. Valoro mucho la experiencia de mis maestros, pero creo que los jóvenes lo tiene más claro que nosotros y tienen todavía más claro que cualquier deseo se puede cumplir. Soy fan de las nuevas generaciones y me opongo de lleno a esa frase que dice “que cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo mejor siempre está por venir.   

Y entre los desafíos que están por venir, ¿alguno a destacar?

Me voy ahora a rodar una película a Argentina con producción de Patagonic (misma que ‘El amor menos pensado’), dirigida por Matías Lucchesi, con un guion de Mariano Llinás e interpretando junto con Natalia Oreiro. Una especie de western y con un personaje diferente, otro riesgo. Y, luego, de enero a mayo, que es nuestro verano en Buenos Aires, una serie para Netflix con coproducción de K&S Films, que también me tiene muy ilusionada.

Mercedes Morán (Argentina, 1955) ha intervenido en importantes títulos del cine latinoamericano como ‘La ciénaga’ (Lucrecia Martel, 2001), ‘Diarios de motocicleta’ (Walter Salles, 2003), ‘La niña santa’ (Lucrecia Martel, 2003), ‘Luna de Avellaneda’ (Juan José Campanella, 2003), ‘Betibú’ (Miguel Cohan, 2014) o ‘Neruda’ (Pablo Larraín, 2016).