Por Clara Vallés

Siempre quiso ser cineasta. Comenzó siendo diseñador de producción durante 10 años hasta que un amigo le propuso rodar una película, corría el año 2005 y Brillante Mendoza irrumpía en una escena filipina entumecida.

Llega a la Sección Oficial del Festival de San Sebastián ‘Alpha. The right to the kill’, una historia de corrupción policial y de la lucha contra las drogas llevada a cabo por el gobierno de Rodrigo Duterte. El ganador del premio al mejor director en Cannes en 2009 sumerge al espectador en los barrios más marginales de Manila a través de un estilo casi documental.

¿En qué contexto surge ‘Alpha’ y cuál fue el detonante?

La televisión local de Filipinas me encargó una serie de proyectos, entre ellos la serie ‘Amo’ sobre la historia de un joven estudiante convertido en camello y que pronto se relaciona con miembros de la policía. Estaba pensado como una serie de 13 episodios que posteriormente se vendieron a Netflix, pero tal había sido el proceso y el material de investigación que decidí hacer una película .

Ha evitado pronunciarse sobre las formas y la violencia ejercida por el Gobierno, ¿cómo contar esa realidad social sin politizar el filme?

Cuando hice la película traté de explicar no mi punto de vista personal como director sino crear una película que deba entenderse y explicarse por sí misma.  Mi opinión debe seguir siendo personal y estar claramente al margen de mi visión como realizador, por eso no he querido que esté presente en la película.

Pero el propio tratamiento del film sugiere un punto de vista.

Debo admitir que existen conflictos en Filipinas y que quizá haya habido asesinatos que yo desconozco, pero me reitero en la idea de que trato de no demostrar en mis películas una postura, quiero contar desde la verdad y la honestidad. Y este caso ha supuesto una investigación e inmersión intensa sobre el pueblo Filipino y situación de nuestro país.

¿Hasta qué punto la corrupción se ha convertido en un mal endémico y a la sociedad en cómplice?

Yo creo que hay un problema muy importante con las drogas en Filipinas y que durante mucho tiempo las administraciones no han prestado atención. No fue una prioridad hasta que en las clases bajas la droga se convirtió en una forma de vida. Con la llegada de la nueva presidencia (2016) eso cambió.

En una guerra contra la droga, como la llevada por el ejecutivo actual, siempre va a haber víctimas, daños colaterales. Y si atendemos a la defensa de los derechos humanos, es cierto que la propia administración en sus acciones acabe por violarlos. En un país en vías de desarrollo los derechos humanos son imprescindibles pero el mundo occidental solo recibe información que resulta sesgada. No los defiendo, estoy contra de la corrupción y la violencia, pero están tratando de acabar con el lastre. 

Ante semejante alegato, ¿teme reproches?

No me preocupan, aunque es la primera película que hago con ese talante político. No las he recibido pero, insisto, soy honesto con mi película y con la situación real. No estoy en ningún caso representando una institución en su conjunto, la interpretación a cerca de la corrupción es del público.

Ha contado con la colaboración de la policía nacional filipina e incluso con la participación de miembros de la SWAT. ¿Hasta qué punto se han involucrado?

No leyeron el guión pero hablé con el jefe de policía nacional sobre le proyecto y quedaba clara la intención, queríamos asegurarnos que todas su acciones y diálogos fueran auténticas y reales. Estudié mucho el papel de policía corrupto y fue un gran desafío. 

Ha optado en su mayoría por actores no profesionales ¿qué busca con esta decisión y cómo ha sido el proceso de trabajo?

Siempre ha sido un desafío incorporar a no profesionales con los que sí lo son, pero saben exactamente cómo hacer lo que tienen que hacer. Los actores no profesionales fueron elegidos para lograr movimientos y acciones improvisadas. Por encima de todo está la autenticidad y naturalidad que aportan las personas ordinarias.

Una película que comienza acelerada y con una ausencia destacada de diálogos, ¿considera su narrativa propia del ‘cinema-verité’?

Cuido mucho la estética y la narrativa a través de localizaciones y personajes propios del documental. Lo underground me resulta mucho más creíble y me permite encontrar una historia verosímil. En esta ocasión he jugado con un punto de vista voyeur, la subjetividad y el seguimiento de los personajes.

ALPHA. The right to kill ‘ está protagonizada por Allen Dizon, Elijah Filamor y Baron Geisler.

SINOPSIS: Con el trasfondo de las medidas del gobierno para luchar contra las drogas ilegales, la policía lleva a cabo una operación para arrestar a uno de los mayores capos de la droga de Manila. Un camello de poca monta convertido en confidente proporciona la información para la operación, que pronto desemboca en una violenta confrontación en un barrio de chabolas. Antes de que los investigadores irrumpan en el lugar de los hechos, confidente y policía huyen llevándose la mochila de Abel llena de dinero y metanfetaminas. Este gesto, de supervivencia para uno y de corrupción para el otro, desata una peligrosa serie de acontecimientos,  arriesgando sus reputaciones, sus familias y sus vidas.

BIOGRAFÍA: Brillante Mendoza ganó con su primer film, ‘Masahista’ (2005), el Leopardo de Oro en Locarno. En 2007 compitió con ‘Servis’ en el Festival de Cannes, que dos años después le distinguió con el premio al Mejor Director por ‘Kinatay’ (2009). También ha competido en Venecia con ‘Lola’ (2009) y ‘Thy Womb’ (2012) y en Berlín con ‘Captive’ (Cautiva) (2012). ‘Taklub’ (2015) participó en la sección Un Certain Regard de Cannes y ‘Ma’ Rosa’ (2016) recibió el premio a la Mejor Actriz en el mismo certamen. En 2017 produjo ‘Pailalim’ (Underground), de Daniel Palacios, presentada en Nuev@s Director@s de San Sebastián. Llega a San Sebastián con su nueva propuesta.