Al inicio de la década de los 90 el ex Director General de la Guardia Civil, Luis Roldán, se da a la fuga con 1.500 millones de pesetas del erario público con ayuda de un antiguo espía del gobierno español, Francisco Paesa. Se puede fácilmente imaginar a estos personajes como la metáfora de la España del pelotazo, el engaño y las ansias de poder.

Alberto Rodríguez regresa con ‘EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS’, un filme bien coreografiado cuyo trasfondo histórico y político vendría a ser el prólogo del artificio español actual. La última película de quien nos regalara ‘LA ISLA MÍNIMA’ o ‘GRUPO 7’ es algo más que una elegante y muestra de estilo. Una narración limpia de una historia sucia que convierte la España negra y el cine político en un convincente genero de muertos vivientes.

Sin perder puntada y, sobre todo, sin perder al espectador en la maraña de idas y venidas, la milimétrica ejecución de la captura y entrega del protagonista (Luis Roldán) afianzan a un director que comprende a la perfección a sus antihéroes, incapaces todos ellos de hacer lo correcto. “Yo no soy un criminal. Yo hacía lo que hacía todo el mundo”, dice Roldán en un thriller con intensidad y ritmo.

Eduard Fernández y Carlos Santos ponen rostro a dos personajes que bien merecían una película por lo descabellado y rocambolesco del suceso. Un fantástico Eduard se mueve por el tablero de mentiras quien conoce todos los secretos pero que a su vez es incapaz de reconocerse a sí mismo.

El guión a 6 manos entre el propio Rodríguez, Rafael Cobos y Manuel Cerdán (autor del libro ‘Paesa, el espía de las mil caras de Manuel Cerdán’) es un ejemplo perfecto de cómo se pueden adaptar episodios turbios de nuestra historia de una manera categórica y satisfactoria.

Imagen: fotograma de la película.

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